humildadRealmente ¿sabemos que es la humildad?  ¿ Te lo has cuestionado  alguna vez ?

Entre todas las virtudes, la humildad -la verdadera humildad- es una de las más extendidas y que más enriquecen nuestras vidas.

No significa que debes subestimarte. Significa valorar a los demás. Señala una positiva actitud de apertura a la grandiosidad de la vida y a la voluntad de sorprendernos y elevarnos por la bondad, dondequiera que la podamos encontrar.

Aceptarnos imperfectos y querernos así, es la clave, y nos ayudará también a hacerlo con las personas que queremos; porque una palabra dicha con humildad tiene el significado de mil palabras agradables !

El verdadero humilde considera siempre que las experiencias de la vida son posibilidades abiertas para aprender cada vez más ; es permitir que cada experiencia te enseñe algo y desde ahí, desaparecen miedos y sufrimientos .

Los grados de la humildad son: conocerse, aceptarse, negarse a sí mismo y finalmente darse ; porque lejos de parecer frágil, la persona humilde hace visible su grandeza.

Os dejo una bonita lectura de Alex Rovira , qué la disfruteís !! y a practicar la Humildad , puedes comenzar la semana desarrollando esta bonita virtud  aportando siempre lo mejor de tí !

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“El secreto de la sabiduría, del poder y del conocimiento es la humildad “.
Ernest Hemingway

La humildad tiene también un enorme poder de transformación de la existencia .

Cuando es auténtica y sincera , conmueve desde la sencillez . Ya en su etimología nos refiere a lo esencial , a la tierra . Porque la palabra humildad procede del latín humilis , y ésta, a su vez, de humus: aquello de lo que la naturaleza se desprende y que a su vez enriquece, la fertiliza y la hace crecer.

La humildad es el abono necesario de la Buena Vida .

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La humildad nos habla de liberarnos de lo accesorio para poder desarrollar lo esencial. Nos invita también a darnos cuenta de que precisamente son nuestras limitaciones las que nos hacen humanos y que gracias a ellas podemos tomar conciencia de lo que nos queda por hacer y por crecer.

Por ese motivo, la expresión sincera de la humildad no es signo de ingenuidad o debilidad, más bien de todo lo contrario, lo es de lucidez y de fuerza interior.

Lejos de ser frágil, la humildad nos muestra la grandeza de la persona que la manifiesta, precisamente porque nace del sentimiento de la propia insuficiencia: siempre hay algo o alguien de quien aprender, siempre es posible hacer las cosas mejor, siempre uno puede cuestionarse el valor y sentido de lo que está haciendo en su vida personal y profesional, y desde allí enfrentar nuevos retos, desarrollar nuevas habilidades, aprender nuevas lecciones o construir nuevos puentes.

Por ese motivo, la humildad va de la mano de la consciencia y tiene un enorme poder de revelación. Desde ella, las perspectivas de pensamiento y de actuación son infinitas, ya que nacen del sentido común, de la duda razonable, de la desnudez que reconoce que aún queda mucho trabajo por hacer, siempre, para encarnar la calidad en todas sus dimensiones: en uno mismo, en la relación con el otro, en nuestros actos o creaciones, en la vida.

Afortunadamente la riqueza que genera la humildad no se apalanca en la droga del éxito, que tanta adicción genera y que es como un pozo sin fondo, o como la zanahoria que se mantiene a distancia constante dela morro y que hace que el burro tire del carro hasta que revienta de puro agotamiento, movido por una quimera.

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Quizás por ese motivo, la humildad tiene mucho más que ver con el cumplimiento que con el éxito; con cumplir con el deber, con lo prometido, con lo acordad; con hacer bien lo que se debe hacer, lo que toca hacer, lo que es necesario.

Luego, el humilde no se vanagloria o se distrae en sus logros, sino que sigue trabajando y disfrutando con su tarea, cómo no, sabiendo que el éxito no es un fin en sí mismo, sino un síntoma al que no conviene prestar demasiada atención, porque no sólo despista, sino que aturde y hasta puede generar una severa y aguda idiotez y ensimismamiento que se manifiestan como consecuencia de la adulación colectiva.

Tampoco conviene confundir la humildad con la falsa modestia que no deja de ser una vanidad sumamente hipócrita. Ya que precisamente la humildad es lo contrario de la vanidad.

Y mientras ésta nos ciega, nos aleja de la realidad y nos separa de los demás, la humildad nos revela y nos pone en contacto con lo esencial, con lo auténtico que podemos encontrar en lo exterior y en nuestro propio interior.

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“Uno debe ser tan humilde como el polvo para poder maravillarse ante la vida”

Mahatma Gandhi

La humildad se manifiesta en las pequeñas cosas, en los detalles, en códigos de comunicación nada aparatosos, sino sencillos y básicos, pero de enorme valor para el que los recibe.

Así, esos detalles humildes se convierten en regalos que son acaso aquellos a los que damos más valor, porque son auténticos. Con el tiempo son estos obsequios los que recordamos con la perspectiva que nos va dando la vida y sabemos que ésos, y sólo esos regalos son los que quedan, porque están en la memoria, más allá de la materia, y nada ni nadie nos los puede quitar.

Hoy en día, que casi todo está al alcance de nuestra mano, sea en efectivo o en cómodos plazos, olvidamos el valor de lo esencial, de lo que no se paga con dinero, de lo que es humilde en su esencia y no cuantificable; de lo que a veces, incluso, llega a ser infinito.

Son esos obsequios sencillos que son tan fáciles de dar o de conectar con ellos, los que dan la sal a la existencia, los que nos ayudan a tomar consciencia de lo buena y bella que puede ser la vida, a pesar de todo. Los ejemplos son múltiples…

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* Saber escuchar; brindar a alguien nuestra receptividad silenciosa acallando nuestra propia necesidad de hablar; abriéndonos a la necesidad del otro de saberse atendido, acompañado, respetado. Éstos son, sin duda, gestos de humildad que fertilizan y enriquecen las relaciones humanas.

* También el gesto amable, como una simple sonrisa sincera, nos lleva a la complicidad, al juego, al humor, mejorando así cualquier encuentro hasta el punto de poder cambiar el signo de una agria conversación o relación.

* Saber callar; no molestar; no estorbar, son humildes y valiosos regalos, así como también dejar al otro en soledad cuando ése es su deseo; librarle del consejo que no desea, de la ayuda que no ha solicitado o de la compañía que en ese momento le estorba (y que a veces nos cuesta tanto entender porque supone aplicarnos a nosotros la misma receta y atender a ese silencio o soledad tan temidos hoy).

Respetar la necesidad de soledad del otro es un gran regalo que nace de la humildad, sobre todo en estos tiempos que corren, donde varios de los mayores bienes escasean, entre ellos y de los que vienen al caso: el silencio y la tranquilidad.

* El valioso contacto con la naturaleza, de la manera que nos apetezca y que esté a nuestro alcance: el disfrute de la brisa del mar, el paseo por la arena o por la hierba, el saborear el olor de la tierra o el aire fresco, el reconfortante calor del sol, las brasas del hogar, la belleza de las flores, la presencia de los árboles, la contemplación de un paisaje…

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* La gratitud es también un precioso regalo que nace de la humildad y del reconocimiento del otro. Con ella crecen las dos partes de un intercambio amable. ¡Qué poco cuesta agradecer y qué agradecida es la gratitud!

* Y qué decir de las caricias, de la ternura. Ellas son, en su esencia, pura humildad, pues nacen de la piel, de la desnudez y nos remiten a lo esencial. En ellas nos reencontramos y expresamos lo que las palabras no alcanzan a nombrar.

La lista de regalos humildes pero de enorme poder y de gran valor sería interminable. Abundan por doquier, son económicos y fertilizan toda relación, es decir, son prósperos porque nutren la esencia, el Ser, tanto del que los da como del que los recibe.

No necesitan objeto material de intercambio y solamente dependen de nuestra disposición hacia el otro, incluso hacia nosotros mismos. Por ello vale la pena ponerlos en práctica, porque además son sumamente saludables: estimulan la imaginación, la confianza, el respeto, el compromiso y la alegría entre muchos otros activos intangibles.

Son elementos esenciales de la Buena Vida, porque en ellos reside buena parte de la calidad de ésta y de nuestras relaciones.

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